El brazo en la forma de dar, una fiesta de polleras y pezuñas de rasgos orientales rascando un charango en las Ramblas del Raval y este cascabel en mis zapatos. La puerta batiente de mi ausencia cierra para allá, remoza un puchero con mi carne, me come luz para que hable desde mis ojos, y ruborice el espanto, la perfidia, la inocencia, el golpe que asesta un desamparo.
He sido para el agua, pero me sobra la sed. No cabe en mis bolsillos de alquitrán y los labios se me escapan contra el frio, que deviene calor en un cuerpo arrobado en su silencio, que apila panegíricos para ausentes de amianto, amontona reverberos de la luz, ecos de una musica envilecida con mis dedos. Suena a tren, a turbina, a pedaleo, a pasos en la noche plagada, irremediable. No he encontrado la casa de los duendes adonde dije que estaría: el mazo es de hojas sin descanso, de eternos ondulearse: barajan mi mano y otra que no vuelve.
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